Novela erótica

Hubo un tiempo —y no hace tanto— en el que las novelas eróticas parecían tener una audiencia bastante más baja… o al menos eso parecía. No es que no se leyeran, es que se leían de otra forma. Como si hubiera algo ahí que no terminara de estar del todo bien. Algo que, no sé, el ser humano sentía que tenía que mantener un poco al margen.

En las librerías eso se notaba mucho.

Encontrar libros con cierta carga erótica no era tan fácil como ahora. Estaban, sí, pero prácticamente escondidos al final del todo. Ni en la entrada, ni en las mesas principales, ni en esas pilas que te invitan a coger uno casi sin pensar. Había que buscarlos. Y cuando los encontrabas, casi parecía que estabas haciendo algo que no tocaba del todo.

Recuerdo cuando una de mis mejores amigas —que era una romántica empedernida como yo— empezó a leer el mismo libro que yo. De esos que te enganchan de una forma casi hipnotizante. Empiezas leyendo mientras haces cualquier cosa, sigues un poco más… y cuando te quieres dar cuenta es viernes por la noche, son las tres de la mañana y sigues ahí, pasando páginas con los ojos ya cansados.

A mí me atrapaba completamente.

Pero ella no lo vivía igual.

Me contó que cuando llegaba a ciertas partes más descriptivas, las pasaba rápido, casi como intentando quitárselas de encima. Yo no lo entendía. Si la historia iba por ahí, ¿por qué saltártelo?

Años más tarde me lo explicó mejor.

No era que no le gustara. Era que lo que le provocaba le daba vergüenza. Leerlo le daba vergüenza. Y eso, la verdad, se me quedó bastante grabado.

Porque creo que es algo que le ha pasado a mucha gente.

Mientras yo podía leer Cincuenta sombras de Grey en pleno autobús sin darle demasiadas vueltas, hay personas que se sienten observadas. Como si alguien pudiera juzgar lo que están leyendo, aunque nadie diga nada. Y eso pesa más de lo que parece.

Y eso que libros de este tipo siempre han existido. Desde Historia de O o El amante de Lady Chatterley, hasta el boom de Cincuenta sombras de Grey, que lo cambió todo. Después vinieron otros como Pídeme lo que quieras, o libros más recientes como Zorras o Malas de Noemí Casquet, que ya hablan del tema desde un enfoque mucho más abierto.

Pero más allá de los títulos, lo que realmente ha cambiado es otra cosa.

Ahora entras en una librería y te encuentras estos libros en la sección de superventas. A la vista. Sin esconderse. Hablando abiertamente de placer, de cuerpo, de autoconocimiento… desde novelas más románticas hasta otras más directas o incluso más reivindicativas.

Como si algo que antes se leía casi a escondidas ahora ya no necesitara esconderse.


Cuando leer empezó a parecerse un poco más a sentir

Y luego pasó lo de 2011.

Recuerdo perfectamente cómo Cincuenta sombras de Grey empezó a aparecer en todas partes. No era solo un libro que se vendía bien. Era un libro que se comentaba. Que se pasaba de mano en mano. Que entraba en conversaciones donde antes no habría entrado.

Y lo curioso es que no lo leía “el típico perfil lector” de siempre.

Lo estaban leyendo mujeres adultas, muchas de ellas que quizá no habían consumido este tipo de literatura de forma tan abierta antes. Y lo hacían sin esconderlo demasiado. Eso, en ese momento, ya era un cambio.

Porque no era solo una cuestión de ventas —aunque lo fuera, y mucho—, era la velocidad. Cada pocos segundos alguien lo estaba comprando en algún sitio. Y cuando algo así pasa, normalmente hay algo más detrás.

Ahí es donde me surge la duda.

¿Realmente no habíamos tenido antes libros que conectaran así con el erotismo y, al mismo tiempo, con la parte emocional? Porque erotismo ha habido siempre. Pero esto se sentía distinto.

No era solo lo que contaba.

Era cómo te hacía sentir mientras lo leías.

Había una mezcla bastante potente entre deseo, tensión, emociones, relaciones… algo que no se quedaba en lo superficial. Era como si el libro jugara también con la cabeza, con lo que se activaba dentro de ti mientras avanzabas.

Y ahí creo que estuvo el cambio.

Porque ya no era solo leer.

Era darte cuenta de lo que te estaba provocando.

Momentos en los que dejabas de pensar en la historia para centrarte en lo que te pasaba a ti. Y eso, para mucha gente, era nuevo. O al menos, nuevo de esa forma tan directa.

Y claro, cuando algo así conecta, se nota.

Se vende.
Se comenta.
Y deja de esconderse.

Pero también abre otra puerta.

La de empezar a entender que todo esto no iba solo de lo explícito. Ni siquiera solo del deseo. Iba de algo más amplio. De cómo conectas con lo que sientes sin tener que filtrarlo constantemente.

De hecho, hay quien lo explica justo desde ahí. Desde la idea de que el deseo y las sensaciones forman parte del propio autoconocimiento, de entender qué te pasa, qué te mueve, qué te incomoda incluso. Y cuando lo miras así, tiene bastante sentido que aparezcan enfoques que hablen de “despertar los sentidos” o de entender el contacto —en un sentido amplio— como una forma de explorarse. En esa línea es interesante cómo lo plantean desde Masajes Belisa, no como algo aislado, sino como parte de esa misma conversación sobre sentir sin tanto filtro.

Y al final todo encaja un poco más.

Porque si algo ha cambiado, no es solo que estos libros estén más visibles. Es que ya no se leen igual.

Se leen con menos juicio.
Con más curiosidad.
Con más permiso.

Y eso cambia completamente la experiencia.


Ahora lo raro sería volver a esconderlos

Y claro, llegados a este punto, hay algo que se vuelve bastante evidente.

Lo raro ya no es leer este tipo de libros.

Lo raro es pensar que hubo un momento en el que se hacía con cuidado.

Ahora entras en una librería y están ahí. En la mesa de superventas, al lado de cualquier otro título. Nadie los tapa. Nadie los evita. Forman parte del paisaje, como si siempre hubiera sido así.

Y no.

No lo ha sido.

A veces me sorprendo recomendando alguno casi sin pensarlo. Yo, que hace unos años seguramente habría dado un rodeo o habría cambiado de tema. Y lo mejor es que la otra persona tampoco se lo piensa demasiado. Pregunta, comenta, se interesa.

Y ya está.

Sin más.

También es verdad que el género se ha llenado bastante. Hay libros que repiten fórmulas, que intentan copiar lo que funcionó. Eso pasa en todos los géneros, supongo. Pero aun así, la gente sigue volviendo.

Y eso es lo interesante.

Que más allá de modas, de títulos concretos o de momentos puntuales, hay algo que se ha quedado. Algo que tiene más que ver con la forma en la que leemos que con lo que leemos.

Porque al final, no va solo de historias.

Va de lo que te provocan.

De si te remueven, de si te hacen pensar, de si te incomodan un poco incluso. Y eso no siempre es fácil de explicar, pero cuando pasa, se nota.

Así que no sé.

Igual la próxima vez que veas uno de estos libros no pienses tanto en lo que es, sino en lo que te hace sentir mientras lo lees. O simplemente en si te apetece leerlo, sin más vueltas.

Que al final, todo esto empezó así.

Con alguien que decidió no esconderlo.

 

Compartir si te gusto

Noticias relacionadas

Más comentados

Cómo escoger la editorial donde publicar tu libro

Una duda muy habitual entre escritores noveles y totalmente ajenos al funcionamiento del mundo editorial es saber cómo escoger cuál es la editorial adecuada o la que les ofrecerá las opciones más convenientes. El mundo editorial está cambiando mucho. Aunque en general, que

Máquina de escribir para escritores nostágicos

El sonido de estas máquinas siempre fue un símbolo de identidad del objeto y fue variando a lo largo de su Historia según se fue transformando en ordenador digital. Como distribuidora de estas preciadas máquinas de escribir nació M7 en el año 1950.

La escritura como terapia

En todas las ciudades españolas (Barcelona, Valencia, Madrid, Valladolid…) cualquier neurótico en potencia puede encontrar consultas de psicólogos a las que acudir para hacer terapia. Hay quien dice que el psicólogo es el nuevo “cura”, una persona a la que acudimos a contarle nuestras penas

El tabaco y el oficio de escritor

El oficio de escritor ha estado tradicionalmente ligado a la máquina de escribir -al ordenador o el portátil en la actualidad-, el cigarrillo y la taza de café. Muchos han sido los poetas y dramaturgos que han dejado salir por su boca ráfagas de humo

Scroll al inicio